Figura Humana de
Georges Bataille
Figura Humana
Sin duda, a falta
de indicios suficientes debemos citar una sola época donde la forma
humana se reveló en su conjunto como un escarnio decadente de todo
lo grande y violento que el hombre pudo concebir. De donde hoy
resulta, en un sentido completamente distinto, una carcajada tan
necia como tajante, y la simple visión (mediante la fotografía) de
aquellos que nos han precedido inmediatamente en la ocupación de esa
zona no es menos horrible. Surgidos de las tristes habitaciones (lo
decimos como si fuera el seno materno) donde todo había sido
dispuesto por esos vanidosos fantasmas, sin exceptuar el olor al
polvo viejo, lo más claro de nuestro tiempo se dedicó, al parecer,
a borrar hasta la más mínima huella de esa vergonzosa ascendencia.
Pero así como en otros lugares las almas de los muertos persiguen a
los que están aislados en el campo, tomando el aspecto miserable de
un cadáver semidescompuesto (en las islas caníbales de Polinesia
buscan a los vivos para devorarlos), aquí, cuando un desdichado
joven se entrega a la soledad moral, las imágenes de quienes se le
anticiparon en el más agotador absurdo surgen con motivo de cada
exaltación insólita, unen su senil suciedad a las más encantadoras
visiones, hacen que los puros escapados del cielo sirvan en unas
cómicas misas negras (donde Satán sería el agente de policía de
una comedia musical y los aullidos de los poseídos, unos pasos de
baile).
En esa escaramuza
espectral, deprimente como pocas, cada sentimiento, cada deseo es
interrogado con una apariencia un tanto engañosa y no se trata de
examinar una simplificación. El hecho mismo de estar obsesionado por
apariciones tan escasamente feroces da a los terrores y a los
arrebatos un valor irrisorio. Por ese motivo las diferentes personas
que buscaron una salida siempre han transpuesto más o menos sus
dificultades. En efecto, una decisión en ese terreno no puede
convenir a quienes tienen el sentimiento de determinadas
integridades, y piensan obstinadamente en un orden de cosas que no
sería completamente solidario con todo lo que ya tuvo lugar,
incluyendo los absurdos más vulgares.
Si por el contrario
admitimos que nuestra agitación más extrema estaba dada, por
ejemplo, en el estado de ánimo humano representado por cierta boda
provinciana fotografiada hace veinticinco años, nos situamos fuera
de las reglas establecidas, lo que implica una verdadera negación de
la existencia de la naturaleza humana. La creencia en la existencia
de esa naturaleza supone en efecto la permanencia de ciertas
cualidades eminentes y, en general, de una manera de ser respecto de
la cual el grupo representado en esa fotografía resulta monstruoso
aunque sin demencia. Si se tratase de una degradación en cierto modo
patológica, es decir, un accidente que sería posible y necesario
reducir, el principio humano quedaría resguardado. Pero si, de
acuerdo con nuestro enunciado, observamos a ese grupo como el
principio mismo de nuestra actividad mental más civilizada y más
violenta, e incluso a la pareja matrimonial -entre otras- de una
manera simbólica, como el padre y la madre de una conmoción salvaje
y apocalíptica, se engendraría una serie de monstruos incompatibles
que reemplazaría la supuesta continuidad de nuestra naturaleza.
Resulta inútil
además exagerar el alcance de esa extraña carencia de la realidad;
ya que no es más inesperada que otra, sin que la atribución de un
carácter real al entorno haya sido nunca sino uno de los signos de
esa vulgar voracidad intelectual a la cual debemos a la vez el
tomismo y la ciencia actual. Conviene restringir el sentido de esa
negación, que expresa en particular dos ausencias de relación: la
desproporción, la ausencia de medida común entre diversas entidades
humanas, que de alguna manera es uno de los aspectos de la
desproporción general entre el hombre y la naturaleza. Esta última
desproporción, al menos en alguna medida, ya ha recibido una
expresión abstracta. Está claro que una presencia tan irreductible
como la del yo no encuentra su sitio en un universo inteligible y,
recíprocamente, ese universo exterior no tiene sitio dentro de un yo
salvo por medio de metáforas. Pero le atribuimos mayor importancia a
una expresión concreta de esa ausencia de relación: si examinamos
en efecto a un personaje escogido al azar entre los fantasmas aquí
presentes, su aparición en el curso de las series no discontinuas
expresadas por la noción científica de universo, o incluso más
sencillamente en un punto cualquiera del espacio y del tiempo
infinito del sentido común, sigue siendo completamente chocante para
la mente, tan chocante como la aparición del yo dentro del todo
metafísico, o más bien, para regresar al orden concreto, como la de
una mosca en la nariz de un orador.
Nunca se insistirá
lo suficiente sobre las formas concretas de estas desproporciones.
Resulta demasiado fácil reducir la antinomia abstracta del yo y del
no-yo, pues la dialéctica hegeliana se imaginó expresamente para
realizar esos artilugios. Es hora de constatar que las más
escandalosas revoluciones se han encontrado recientemente a merced de
proposiciones tan superficiales como la que define la ausencia de
relación como otra relación1. Esta paradoja tomada de Hegel tenía
por objeto hacer ingresar la naturaleza dentro del orden racional,
considerando cada aparición contradictoria como lógicamente
deducible, de modo que a fin de cuentas la razón ya no podría
concebir nada chocante. Las desproporciones no serían más que la
expresión del ser lógico que, en su devenir, procede por
contradicción. Al respecto, es preciso reconocerle a la ciencia
contemporánea el mérito de considerar que en definitiva el estado
original del mundo (y con ello todos los estados sucesivos que son su
consecuencia) son esencialmente improbables. Pero la noción de
improbabilidad se opone de manera irreductible a la de contradicción
lógica. Es imposible reducir la aparición de la mosca en la nariz
del orador a la supuesta contradicción lógica del yo y el todo
metafísico (para Hegel esa aparición fortuita debía simplemente
remitirse a las "imperfecciones de la naturaleza"). Pero si
le concedemos un valor general al carácter improbable del universo
científico, se hace posible realizar una operación contraria a la
de Hegel y reducir la aparición del yo a la de la mosca.
Y aun cuando
reconozcamos el carácter arbitrario de esta última operación, que
podría juzgarse como un simple escarnio lógico de la operación
inversa, lo cierto es que la expresión dada al yo humano hacia
finales del último siglo se revela extrañamente adecuada a la
concepción enunciada. Sin duda, aparece subjetivamente —para
nosotros— esta significación alucinante, aunque parecería
suficiente admitir una simple diferencia de claridad entre la
interpretación contemporánea y la nuestra. Es verdad que de manera
oscura los seres humanos que vivían en esa época a la europea
adquirieron un aspecto tan excesivamente improbable (es evidente que
la transformación del aspecto físico no tiene nada que ver con
decisiones conscientes). Esa transformación no deja de tener el
sentido que hoy discernimos claramente. Y por supuesto, aquí sólo
se trata del carácter específico de ese aspecto humano anticuado.
Actualmente también sería posible darle una significación idéntica
a algunas personas existentes, pero se trataría de hechos más o
menos comunes a todas las épocas: la paradoja senil y la
contradictoria exageración involuntaria tuvieron libre curso
solamente hasta los primeros años del siglo XIX y nadie ignora que
desde entonces se sucedieron los esfuerzos más obstinados para que
el blanco y la blanca recobraran finalmente una figura humana. Los
corsés de cintura de avispa dispersos en los desvanes de provincia
son actualmente presa de las moscas y las polillas, terreno de caza
para las arañas. En cuanto a las pequeñas almohadillas que durante
mucho tiempo sirvieran para darles cierto énfasis a las formas más
gruesas detrás de las piernas, ya sólo obsesionan los horribles
cerebros de viejos reblandecidos que —mientras agonizan día a día
bajo extraños bombines grises- sueñan obstinadamente con apretar un
torso blando dentro del juego pertinaz de las ballenas y los lazos...
Y probablemente haya un canto de gallo ahogado, aunque embriagador,
en la frase en que el globo terráqueo se nos muestra debajo de los
talones de una deslumbrante estrella norteamericana en traje de baño.
¿Por qué
produciría efectivamente el pudor una tan brusca fascinación? ¿Por
qué ocultar que las raras esperanzas embriagadoras que subsisten
están inscritas en los cuerpos rápidos de algunas muchachas
norteamericanas? Si algo de todo aquello que ha desaparecido aún tan
recientemente podía arrancar sollozos, ya no es la belleza de una
gran cantante, sino solamente una alucinante y sórdida perversidad.
Para nosotros tantos extraños personajes, monstruosos sólo a
medias, aparecen todavía animados por los movimientos más ingenuos,
agitados como un carillón de caja de música por otros tantos vicios
inocentes, calores escabrosos, vahos líricos... De modo que no se
trata en absoluto, a pesar de toda obsesión contraria, de prescindir
de esa odiosa fealdad, y también algún día nos sorprenderemos
corriendo absurdamente -los ojos súbitamente turbios y cargados de
inconfesables lágrimas- hacia unas provincianas casas embrujadas,
más viles que las moscas, más viciosas, más rancias que salones de
peluquería.
1 Desde 1921, cuando
Tristan Tzara reconocía que "la ausencia de sistema sigue
siendo un sistema, sólo que más simpático", aunque esa
concesión a objeciones insignificantes haya permanecido entonces
aparentemente incomprendida, la cercana introducción del
hegelianismo podía ser considerada. En efecto, es fácil dar el paso
desde esa confesión al panlogismo de Hegel, puesto que está de
acuerdo con el principio de la identidad de los contrarios: incluso
podríamos suponer que tras admitir esa primera desidia ya no había
modo alguno de evitar el panlogismo y sus graves consecuencias, es
decir, la sed sórdida de todas las integridades, la hipocresía
ciega y finalmente la necesidad de ser útil para algo determinado.
Aunque esas vulgares inclinaciones se mezclaban con una voluntad
diametralmente opuesta, desempeñando de manera particularmente feliz
el papel de excitación violenta de toda dificultad admitida, ya no
queda razón alguna, en adelante, para no revisar la desidia inútil
expresada por Tristan Tzara. Nadie verá nunca en efecto lo que la
decisión de oponerse brutalmente a todo sistema pueda tener de
sistemático, a menos que se trate de un retruécano y que la palabra
sistemático se haya tomado en el sentido vulgar de obstinación.
Pero esto no es materia de bromas y por una vez el retruécano da
pruebas, en el fondo, de una triste senilidad. No se advierte en
efecto la diferencia entre la humildad -la menor humildad- ante el
SISTEMA -es decir, en suma, ante la idea y el temor de Dios.
Parecería además que esa lamentable frase, como es lógico, hubiese
estrangulado a Tzara, que desde entonces se ha mostrado inerte en
todas las circunstancias. La frase apareció como epígrafe de un
libro de Louis Aragon. Anicet ou le panorama. (París, Gallimard,
1921).
Extraído de
Bataille, Georges (2003): La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939,
Buenos Aires, Adriana Hidalgo.
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